miércoles, 11 de marzo de 2009

NOVIEMBRE

Eran las nueve y media de la noche. Marta salía del supermercado donde trabajaba deseosa de llegar a casa, darse una ducha con su gel de aromas favorito y tumbarse en el sofá un rato antes de meterse en la cama. Era una noche de primeros de noviembre, la lluvia no cesaba desde el día anterior, una lluvia fina pero constante. Parecía que siempre había estado allí, que nunca desaparecería.

En el autobús que la llevaba a las afueras de la ciudad de camino a casa, escuchando música con su mp3, sólo deseaba llegar cuanto antes. Había sido un día como todos, la misma gente, las mismas marujas de peluquería quejándose de los precios (Claro, o te peinas, o comes ternera en vez de salchichas. No se puede tener todo en esta vida) Marta se preguntaba cuándo llegaría el día en que pudiera cambiar de vida y dejar de ver las mismas caras, las mismas calles, el mismo día una y otra vez...

Cerró la puerta tras de sí con un suspiro aliviado, esperando que la ducha y un sueño reparador le devolviera la vitalidad para poder comenzar un nuevo día, otro día más, el mismo día de siempre.

Al entrar en el cuarto de baño se miró en el espejo. Se dio cuenta que aquella frente que antes estuviera lisa, lustrosa e iluminada ahora parecía cansada y vieja. Se lo pensó mejor y decidió que un baño de sales y una sesión de limpieza de cutis le vendría mejor, tanto para el cuerpo como para el espíritu.

Mientras llenaba de agua caliente el baño se dispuso a prepararse un bocadillo de "lo que hubiera en la nevera" y una copa de vino, uno de los pocos lujos que su alma sibarita se podía permitir. Dejó la cena en el salón, delante del sofá donde después del baño se pensaba dejar los últimos momentos del día, delante de un televisor que le hacía compañía desde que su novio de toda la vida la dejara (-Tu no tienes la culpa cariño, ya no me llena esta relación y no quiero hacerte daño pero tenemos que dejarlo. Pero prométeme que serás feliz-). ¿Esta era la idea que tenía aquel capullo de la felicidad?

Se desvistió en su dormitorio y se envolvió en una toalla dirigiéndose al baño eligiendo en su mp3 la música que le apetecía escuchar para relajarse en el agua caliente de la bañera, echó un puñado de sales de lavanda y se metió lentamente en el agua, dando un suspiro de alivio. Por unos minutos se desconectaría de la vida real y saldría del baño renovada y dispuesta para seguir su rutinaria vida. Se quedó medio dormida dentro del agua caliente, en la frontera entre el sueño y la vigilia, cuando el tiempo deja de pasar y nada importa, salvo la sensación de estar flotando en una nube, inspirando el perfume sutil de la lavanda que la llevaba a soñar...

Salió de la bañera y se puso la toalla alrededor del cuerpo, pasando por delante del espejo y se miró en él. Aquel cuerpo que antes fuera como una escultura griega ahora se veía ajado por los años y la vida, pero aún retenía algo de su antigua belleza. Terminó la sesión de baño con su loción para el cuerpo favorita y la limpieza de cutis que se prometió. Se dirigió al cajón donde guardaba la lencería para las ocasiones especiales. Hoy quería estar guapa, aunque fuera sólo para ella. Escogió un camisón de raso blanco y se lo puso, disfrutando de cómo le resbalaba por la piel, escuchando el frú-frú que hacía cada vez que se movía. Se puso unas gotas de su perfume preferido y se secó el pelo. Ahora sí estaba lista para cenar. Se acercó a la cocina a coger la botella de vino que había dejado enfriándose en la nevera y regresó al salón donde le esperaba un bocadillo encima de la mesa.

En el televisor, una obra de teatro hacía ya un rato que había comenzado, pero se sabía la historia, así que no importaba. Terminó de comerse el bocadillo y se rebozó en la manta que siempre dejaba al lado del sofá. Le gustaba quedarse dormida allí, con la tele encendida, donde le sorprendía la madrugada la mayoría de las noches. Con la copa de vino encima de la mesa y un cigarrillo en el cenicero, se concentró en la obra que ya pasaba el ecuador de la trama. La había visto muchas veces, pero aún así, aquella obra tenía un "no sé qué" que la atraía, seguía viéndola un año tras otro.

Le dio un trago a la copa de vino y se incorporó para mejor seguir la trama de la obra. En el silencio de la noche, entre el humo del cigarrillo su mirada seguía fija en la pantalla, recitando en voz baja los versos que ya se sabía casi de memoria, de tanto escucharlos. En el reloj de pared del salón daban las doce cuando en la televisión se escuchaba el aldabonazo en la puerta de la calle:

CIUTTI. (Asomando por la ventana.) A nadie se ve. ¿Quién va allá? Nadie responde

La obra, en su momento álgido, la mantenía pendiente de los acontecimientos que allí ocurrían. Mientras tenía fija la mirada en la pantalla vio por el rabillo del ojo cómo una sombra se asomaba por la puerta del salón. Volvió la cabeza con rapidez y no vio nada. Se levantó del sofá y revisó toda la casa, saliendo a la puerta de la calle para mirar a un lado y a otro. -¿Pero, qué estoy haciendo?- Dijo en voz alta, como si así pudiera despejar su mente de esos pensamientos que le asaltaban y, con una risilla nerviosa volvió al sofá, mirando otra vez hacia la puerta antes de sentarse a seguir viendo la obra.

Se oye un segundo aldabonazo, ésta vez, más cerca:
CIUTTI. Que esa aldabada postrera ha sonado en la escalera, no en la puerta de la casa. ¿Qué dices?

Con la copa en la mano, casi tocando sus labios pero sin beber, estaba absorta en las antiguas imágenes en blanco y negro de la pantalla.

JUAN: ¿Qué os ha dado? ¿Pensáis ya que sea el muerto? Mis armas cargué con bala Ciutti, sal a ver quién es.

Volvió otra vez la cabeza hacia la puerta. -¡No puede ser!- la misma sombra se había asomado por segunda vez, pero ahora había distinguido una cabeza de mujer, más que por las facciones, por la suavidad y elegancia de sus movimientos. Ahora si que estaba nerviosa. Más que nerviosa, empezaba a asustarse. Volvió a levantarse y recorrió por segunda vez la casa. Nada. Regresó al sofá y siguió viendo la obra.

Al rato, ya se le había olvidado la visión, en parte obligándose a sí misma a hacerlo, porque no pensar en algo lo hacía como invisible, como irreal.

Llaman a la misma puerta de la escena:
JUAN: ¡Señores! ¿A qué llamar? Los muertos se han de filtrar por la pared; adelante. (La figura de DON GONZALO pasa por la puerta sin abrirla, y sin hacer ruido.)

Miraba la pantalla sin ver, se había quedado como petrificada, ya no quería mirar hacia la puerta. Por el rabillo del ojo había vuelto a ver la sombra, que asomaba por tercera vez, ahora casi medio cuerpo, por la puerta del salón. Apagó el televisor sin terminar de ver la obra y corrió hacia su dormitorio, cerrando la puerta de un golpe, como si quisiera dejar fuera esa presencia que sentía, como si pudiera hacer que una frágil puerta ahuyentara esos pensamientos que la aturdían y hacían que su mente trabajara a marchas forzadas buscando una explicación.

Se metió en la cama, encogida, con la sábana hasta los ojos. Unos ojos que tardaron una eternidad en cerrarse, unos ojos abiertos como platos mirando a la puerta, como esperando que en cualquier momento se abriera y dejara pasar aquello que la aterrorizaba. El sueño y el cansancio la vencieron al filo de la madrugada, cuando se quedó dormida aferrada a la sábana que la protegía.

Esa mañana se despertó pensando en lo que le había ocurrido la noche anterior. A la luz del día las cosas se ven con otro color y se rió de ella misma. -¡Pero qué tonta soy!-. Fue hacia el salón, donde seguía la copa de vino en la mesa, donde la había dejado esa noche. La retiró y se dispuso a desayunar.

Sonó el teléfono y casi se atraganta con el café que se estaba tomando. -¡Mamá, que susto me has dado, no te esperaba!- La voz de su madre sonaba al otro lado de la línea mientras Marta se llevaba a la boca la tostada que se había preparado. -¡No sabes lo que me ha pasado esta noche!-Y le contó la experiencia que había tenido, entre excitada y asustada, dejando que el café se enfriara en la mesa. -¿Sabes que día es hoy?- Preguntó su madre. Marta pensó un poco y cayó en la cuenta. Hoy era 2 de Noviembre, día de Difuntos. Desde que ella recordaba, desde su niñez, acompañada por su madre iba al cementerio a rendir memoria a los difuntos, era un día especial dedicado a las almas de los seres queridos que un día los abandonaron, pero que siempre quedaban en su recuerdo y en sus corazones. En su familia era tradición encender una vela en honor de las almas de los difuntos en la víspera de su día, lo que habían hecho todas las mujeres de la familia desde hacía mucho tiempo, tanto que se perdía en el pasado. -¿Has encendido la vela a los difuntos?- Preguntó su madre, como si ya supiera lo que había sucedido.

Se quedó pensando un momento, sin hablar, mirando fijamente a la pared, con la mirada perdida en el infinito y, colgando el auricular sin responder a su madre que seguía hablando al otro lado, se prometió en silencio que nunca más se le olvidaría encender una vela en la Víspera de Difuntos.

FIN.